Desigualdad y crecimiento sostenido

Hace escasas fechas se publicó en “Diálogo a fondo”, blog del Fondo Monetario Internacional sobre temas económicos de América Latina, el artículo “La redistribución como tratamiento para la desigualdad: ¿Es la cura peor que la enfermedad?”, cuyos autores son Jonathan D. Ostry y Andrew Berg, del que reproducimos un extracto a continuación.

El aumento de la desigualdad de ingresos ocupa un lugar preponderante en el temario de la política económica mundial, reflejando no solo el temor a sus perniciosos efectos sociales y políticos, (incluidas las dudas sobre la compatibilidad de una desigualdad extrema con la gobernabilidad democrática), sino también sus repercusiones económicas.

Es probable que el exceso de desigualdad debilite el crecimiento, por ejemplo al obstaculizar el acceso a la salud y la educación, provocar inestabilidad política y económica, que a su vez reducen la inversión, y frustrar el consenso social necesario para efectuar ajustes ante shocks importantes.

Como es lógico, los economistas han venido tratando de entender mejor los vínculos entre el aumento de la desigualdad y la fragilidad del crecimiento económico.

¿Qué papel le toca jugar a la política económica, y en particular a la redistribución fiscal, para promover la igualdad? La sabiduría convencional parecería sugerir que la redistribución sería en sí misma perjudicial para el crecimiento, pero no se puede descartar la posibilidad de que lo estimule al engendrar más igualdad.

Analizando la experiencia del pasado, observamos escasos indicios de que los esfuerzos habituales por redistribuir hayan tenido, en promedio, un efecto negativo en el crecimiento. Además, a la reducción de la desigualdad, parece haberle seguido un crecimiento más rápido y duradero.

Desenredar los efectos de la desigualdad y la redistribución en el crecimiento.

En efecto, muchos sostienen que la redistribución perjudica el crecimiento e incluso que los esfuerzos de redistribución dirigidos a solucionar una desigualdad pronunciada son el origen de la correlación entre la desigualdad y el bajo crecimiento.

Si esto fuera así, entonces los impuestos y las transferencias pueden ser precisamente el remedio equivocado: la cura quizá sea peor que la propia enfermedad.

Varios trabajos señalan que algunas políticas redistributivas, como por ejemplo, las inversiones públicas en infraestructura, el gasto en salud y educación y las prestaciones de seguridad social, pueden favorecer tanto el crecimiento como la igualdad.

Otros son más favorables a la existencia de una disyuntiva fundamental entre redistribución y crecimiento, como sostuvo Okun (1975) al referirse a las “pérdidas” de eficiencia que acompañan los esfuerzos por reducir la desigualdad.

¿Qué pruebas hay de los efectos macroeconómicos de las políticas redistributivas, tanto directamente en el crecimiento como indirectamente, que reducen la desigualdad, lo que a su vez afecta al crecimiento?

Para aclarar estas relaciones, utilizamos una nueva serie de datos de varios países que distingue minuciosamente la desigualdad neta (después de impuestos y transferencias) de la desigualdad de mercado (antes de impuestos y transferencias) y nos permite calcular las transferencias redistributivas con respecto a una gran cantidad de países a lo largo del tiempo.

Algunos resultados sorprendentes sobre los vínculos entre la redistribución, la desigualdad y el crecimiento.

En primer lugar, seguimos constatando que la desigualdad es un factor determinante robusto y poderoso tanto del ritmo del crecimiento de mediano plazo como de la duración del mismo, incluso si la cuantía de las transferencias redistributivas se mantiene constante.

Por consiguiente, seguiría siendo un error centrarse en el crecimiento y dejar que la desigualdad se resuelva sola, aunque más no fuera porque el crecimiento consiguiente puede ser bajo e insostenible. La desigualdad y el crecimiento insostenible pueden ser dos caras de la misma moneda.

En segundo lugar, sorprendentemente, los datos históricos que usamos en nuestro estudio ofrecen pocos indicios de los efectos negativos de la redistribución fiscal en el crecimiento. La redistribución promedio y la subsiguiente reducción de la desigualdad parecen estar firmemente vinculadas a un crecimiento superior y más duradero.

Estas observaciones pueden indicar que, de hecho, los países que han llevado a cabo políticas redistributivas las han formulado de forma razonablemente eficiente. Esto importa especialmente en el caso de países cuya gestión de gobierno y capacidad administrativa son deficientes, donde es fundamental crear instrumentos tributarios y de gasto que permitan a los gobiernos llevar a cabo una redistribución eficiente.

En base a la historia y los principios fundamentales sabemos que, después de cierto punto, la redistribución tendrá un efecto destructivo en el crecimiento y que, si supera cierta medida, la igualdad extrema tampoco puede propiciar el crecimiento.

Balance final.

La conclusión que surge de los datos históricos macroeconómicos utilizados en este análisis es que, en promedio, en diferentes países y a lo largo del tiempo, las medidas de redistribución habitualmente adoptadas por los gobiernos no parecen haber producido malos resultados en materia de crecimiento.

Asimismo, independientemente de las consideraciones éticas, políticas o más generales en materia social, la igualdad consiguiente parece haber contribuido a apuntalar un crecimiento más rápido y duradero.

En pocas palabras, encontramos pocos indicios de una “gran disyuntiva” entre redistribución y crecimiento. Por consiguiente, en muchos casos, parece improbable que la inacción ante situaciones de fuerte desigualdad esté justificada.

 

Objetivo: jornada laboral de 21 horas

Hace ahora cuatro años, por Febrero de 2010, New Economics Foundation, NEF, publicó el estudio “21 horas”, un ensayo sobre la reducción de la jornada laboral.

En NEF se definen a sí mismos como “un centro de investigación-acción independiente que busca el bienestar económico real: ponemos por delante a las personas y al planeta”. Y así aparece en su lema, “NEF, una economía como si la gente y el planeta nos importaran”.

Las sociedades industriales han subordinado la actividad humana a las necesidades consumistas, se sustentan en una economía caracterizada por una precariedad laboral y un paro estructural cada vez más importante, donde la ausencia de un trabajo remunerado desemboca en un proceso de frustración personal y exclusión social.

Por si fuera poco, estas sociedades del crecimiento ilimitado explotan la Tierra por encima de su capacidad de regeneración y asimilación.

Ante esta profunda crisis socio-económica y ecológica es necesario revisar nuestra forma de entender el trabajo y las actividades humanas: existen otros fines distintos del crecimiento y el ser humano tiene otros medios de expresarse además de la producción o el consumo.

Las actividades domésticas, voluntarias, artísticas, asociativas, etc., a pesar de no ser siempre reconocidas, son fuentes de riqueza.

En segundo lugar, hay que revisar las políticas de la renta para apostar decididamente por la justicia social y por la liberación de las nuevas fuerzas productivas.

Para ello, es importante avanzar hacia una nueva redistribución del tiempo y, en este camino, apostar de forma decidida por la reducción de la jornada laboral.

Ninguna de estas tres propuestas es suficiente por sí sola, pero cada una representa un paso hacia una transformación socio-ecológica de la economía donde el buen vivir cuente más que el poder adquisitivo.

En este marco, la refrescante propuesta de la New Economics Foundation, es un ejercicio imprescindible para salir del pensamiento único.

Plantear una jornada laboral semanal de 21 horas es tomar a contrapié las propuestas de reformas laborales y de jubilación que nos empujan a trabajar y consumir cada vez más, como si el paro, la desigualdad o el agotamiento de los recursos naturales no estuvieran relacionados.

Muchos de nosotros consumimos más allá de nuestras  posibilidades económicas y más allá  de los límites de los recursos naturales, aunque de formas que no mejoran en absoluto nuestro bienestar – entre tanto otros sufren la pobreza y el hambre.

Las desigualdades cada vez mayores, una economía global que está fracasando, unos recursos naturales que se están viendo mermados de forma crítica, junto a la aceleración del cambio climático representan graves amenazas para el futuro de la civilización.

Una jornada laboral «normal» de 21 horas semanales podría ayudar a abordar una serie de problemas urgentes e interrelacionados: exceso de trabajo, desempleo, consumo excesivo, altas emisiones de carbono, bajo bienestar, desigualdades consolidadas, así como la falta de tiempo para vivir de una forma sostenible, preocuparse por los demás, y simplemente disfrutar de la vida.

Una jornada laboral de 21 horas semanales se aproxima a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña pasa en el trabajo remunerado, y es un poco más de lo que de media se pasa en el trabajo no remunerado.

Los experimentos llevados a cabo con un número menor de horas de trabajo parecen indicar que, con unas condiciones estables y un salario favorable, esta nueva norma de 21 horas no sólo tendría éxito entre la gente, sino que además podría resultar coherente con la dinámica de una economía sin emisiones de carbono.

No hay nada preestablecido en cuanto a lo que en la actualidad se considera una jornada laboral «normal». El tiempo, así como el trabajo, se han convertido en una mercancía, un legado reciente del capitalismo industrial.

El reto al que nos enfrentamos es el de romper el poder del viejo reloj industrial sin añadir nuevas presiones, y liberar tiempo para vivir vidas sostenibles.

Para hacer frente al reto, debemos cambiar nuestra forma de valorar el trabajo remunerado y el no remunerado. Por ejemplo, si el tiempo medio dedicado al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de la infancia fuera valorado en términos de salario mínimo, valdría el equivalente al 21 % del producto interior bruto.

Una jornada laboral semanal mucho más corta cambiaría el ritmo de nuestras vidas, reformaría nuestros hábitos y convencionalismos, y alteraría de forma considerable las culturas.